El motor de la televisión funcionaba — y otras lecciones sobre herramientas y conocimientos Por Carlos — Bits y bytes: electrónica e informática
Una vez, un señor llegó a mi taller con un televisor de cinescopio. Antes incluso de que abriera la mesa de trabajo, ya me adelantó el diagnóstico:
— La avería debe de ser fácil de arreglar, chico. El motor funciona.
Me picó la curiosidad. Los televisores no tienen motor. Le pregunté de dónde había sacado esa conclusión.
— Lo oigo hacer «pó, pó, pó»...
El sonido que oía era la descarga del flyback —el transformador de alta tensión encargado de generar los miles de voltios que hacían aparecer la imagen en el tubo. Para él, cualquier cosa que hiciera ruido era un motor. Y si el motor funcionaba, el problema no podía ser tan grave.
Me reí en aquel momento. Pero después de más de cuarenta y cinco años en esta profesión, he aprendido que esta historia se repite en diferentes versiones —y la más reciente tiene que ver con la inteligencia artificial.
El multímetro que señalaba el fallo
Hace unos años, era habitual que los clientes llegaran con mirada recelosa y preguntaran:
— ¿Tienes ese aparatito que señala la avería, verdad?
Se referían al multímetro analógico. Ese instrumento con aguja, lleno de escalas, que parecía lo suficientemente misterioso como para ser mágico. La idea era sencilla: el aparato sabía dónde estaba el problema, y el técnico solo tenía que tocar las puntas.
Lo que el cliente no veía era el conocimiento que había detrás de esas mediciones: saber dónde medir, qué medir, cómo interpretar el resultado y qué hacer con él. El multímetro por sí solo no hace nada. En manos equivocadas, confirma lo que uno quiere creer, no lo que realmente está pasando. En las manos adecuadas, revela lo que el equipo está intentando decir.
La IA es el nuevo multímetro
Hoy en día, la situación se ha invertido en cuanto a sofisticación, pero la lógica del cliente sigue siendo la misma.
La inteligencia artificial está en todas partes: en el móvil, en el ordenador, en herramientas gratuitas accesibles para cualquiera que tenga conexión a Internet. La interfaz es sencilla: un cuadro de texto. Escribes y te responde. Parece demasiado fácil para ser una habilidad.
Y ahí empieza el error.
Clientes, compañeros e incluso profesionales de otros ámbitos han llegado a creer que cualquier persona, con la IA adecuada, puede hacer cualquier cosa. ¿Desarrollar un sistema? La IA se encarga. ¿Diagnosticar un circuito? La IA lo resuelve. ¿Crear una página web, redactar un contrato, analizar datos complejos? Basta con preguntar.
Lo que no ven es lo que hay detrás del cuadro de texto: años de experiencia para formular la pregunta correcta, para reconocer cuándo la respuesta es errónea, para adaptar el resultado a la realidad específica del problema, para saber qué hacer con lo que la herramienta ha proporcionado.
La IA, al igual que el multímetro, es una herramienta. Una herramienta extraordinariamente potente, pero una herramienta al fin y al cabo.
La diferencia que marca el conocimiento
Cuando conecto las puntas del multímetro a un circuito, lo que determina el valor de esa medición no es el aparato, sino lo que sé sobre el circuito, sobre el componente sospechoso, sobre los valores esperados en condiciones normales y sobre las variaciones que indican un fallo.
Del mismo modo, cuando utilizo la IA en el desarrollo de sistemas o en el análisis de problemas técnicos, lo que determina la calidad del resultado es lo que yo aporto a la conversación: el contexto, el problema bien definido, el dominio del tema, la capacidad de evaluar críticamente lo que se ha generado.
Una IA en manos de alguien que no entiende del tema producirá respuestas que parecen correctas, pero que pueden estar completamente equivocadas. Exactamente igual que el multímetro que muestra una tensión que tiene sentido para quien no sabe interpretarla —y ningún sentido para quien entiende el circuito—.
El valor del profesional no ha cambiado. Lo que ha cambiado es la herramienta.
El señor de la televisión se marchó con una idea más clara de cuál era el «motor» de su aparato. El flyback, por cierto, era efectivamente el problema —y la reparación exigió mucho más que apretar un tornillo.
Cuarenta y cinco años de taller me han enseñado algo que ninguna herramienta va a cambiar: el conocimiento técnico no está en el instrumento. Está en quien lo utiliza.
La inteligencia artificial ha llegado para ampliar lo que los profesionales bien preparados son capaces de hacer. No ha llegado para sustituir lo que saben.
La diferencia entre utilizar la IA como una calculadora sofisticada y utilizarla como una auténtica extensión de tu capacidad profesional es exactamente la misma que existe entre colocar las puntas del multímetro en cualquier sitio y saber exactamente dónde medir —y por qué—.
Carlos es analista de sistemas y técnico en electrónica con más de 45 años de experiencia. Fundador de Bits e Bytes Eletrônica e Informática, en Belém do Pará.
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